Se abren las puertas del vagón del metro, encuentras un asiento libre y piensas ''¡genial!'', miras al alrededor, y te encuentras reflejado en otra mirada triste, en otra sonrisa fingida. Te preguntas si esa chica morena con el pelo recogido se habrá percatado de que estás allí, dispuesto a salvarla. A salvar a aquella que se pierde entre las páginas de un libro cuyo título no puedes leer, la chica que deduces que es paranoica, miedosa y desconfiada por naturaleza porque lleva sobre sus piernas su mochila, protegiéndola como si llevara en ella su mismo corazón. Como si tuviera miedo de que alguien quisiera hacerle daño. Que parece que mataría si alguien quisiera tocar lo que es suyo por miedo a que alguien lo dañara. La chica de ojos grandes, tristes y oscuros, como es ahora mismo su vida. Su vida y la tuya. Porque la tuya también es oscura ahora que te das cuenta, y por eso te has enamorado fugazmente de ella, porque jamás habías encontrado alguien en quien te reflejaras de la misma manera que te has reflejado en ella. Y piensas que podrías reconstruir su vida, en ruinas, como la tuya.
Vuestras miradas se cruzan, sonríes, y ella te devuelve la sonrisa. Dos sonrisas que significan ''puedo quererte como nadie te ha querido nunca'', pero que no irán más allá. Genial, al menos, sabe que estás allí.
El tren se para, las puertas se abren. Te percatas de que has llegado a tu estación. Te levantas, sales del vagón y echas la vista atrás por última vez deseando verla gritando en silencio un ''no te vayas, sálvame de esto'', pero las puertas se cierran y a pesar de que la buscas desesperadamente con la mirada, no la encuentras. El tren se va, y con él, se va ella. Cierras los ojos y piensas ''ojalá te encuentre algún día''. Vuelves a abrirlos sin saber que ella ha pensado lo mismo. Sigues tu camino, has llegado a tu parada, no volveréis a veros. Bienvenido de vuelta a la realidad.
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